Conduzco con cuidado por ese tráfico infernal de viernes por la tarde, maldigo la falta de educación vial, el exceso de automóviles y la sobre población mundial, cuando de pronto veo sobre el carril derecho a un hombre mayor sorteando el tráfico y empujando la silla de ruedas de otro hombre todavía más anciano que él y que no tiene piernas. Me entristezco por ellos y cambio mi actitud.
Agradezco por conducir un coche y por estar sana y completa.
Me quejo en el supermercado porque cada fin de semana los precios están más altos, el cereal, los quesos, el café, la fruta. Cuando hago la fila para pagar, una mujer delante de mí lleva tres bolsas de pasta para hacer sopa. Cuando va a pagar le dicen que son doce pesos. Sólo lleva diez... devuelve una bolsa de sopa. Le pregunto si no la ofende que la ayude y su mirada dice lo que sus labios no se atreven.
Agradezco por tener un trabajo.
Hace poco fuimos a comprar pescado para comer el viernes santo. Ya saben, la abstención de carne roja es buen pretexto para darse una comilona de mariscos y pescados. Como había tanta gente en los alrededores tuvimos que estacionar el coche a varias calles de la pescadería. Hacía un calor tremendo y mientras caminábamos nos quejábamos de los casi 30 grados de calor que caían a plomo sobre nuestras cabezas; de pronto vimos a un hombre que vendía artesanías, estaba muy requemado por el sol. Lo vimos sentado en el quicio de una puerta, exhausto. Sólo nos vio pasar ya sin fuerza para ofrecernos sus productos. Mi hermana y yo nos miramos y sin decir palabra nos metimos a una tienda a comprarle agua y fruta. Cuando volvimos ya no lo encontramos. Nos sentimos muy mal por no haber podido ayudarlo.
...
Sucede que solemos quejarnos por lo que nos sale mal o vivimos haciendo el recuento de aquello de lo que carecemos, no nos detenemos a pensar que si tenemos seres queridos (familia o no), un techo sobre nuestra cabeza, un plato sobre nuestra mesa, un trabajo y salud, somos seres bendecidos y con todo por agradecer.
Nuestras no carencias, nuestra no enfermedad, nuestra no falta de amor nos comprometen a ser felices y agradecidos por lo que sí poseemos. Es la hora de dar gracias.
Un tip: La felicidad se multiplica si ayudamos a los menos afortunados que nosotros. ¡A ayudar!
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domingo, 14 de abril de 2013
jueves, 10 de mayo de 2012
A mi madre
Yo era aún una niña cuando mi madre tuvo
a su doceavo y último hijo, una partera fue a asistirla
a casa porque luego de un par de malas experiencias en el
casi recién estrenado IMSS mi madre no quiso ir nuevamente y tuvo a su última bebé igual que tuvo a los primeros, en casa y con partera.
A todos
los niños nos reunieron en el cuarto de costura de la abuela, para
que no nos enteráramos cómo era que la cigüeña hacía sus
entregas.
Estar encerrados en ese cuarto que
normalmente era vetado para nosotros era un sueño. Yo apenas tenía
conciencia de lo que estaba sucediendo allá afuera, estaba fascinada
con todas esas telas por doquier, hilos de todos colores, agujas, botones, cierres, cinta métrica, etc. y en el centro de la habitación la flamante máquina de coser, de esas antiguas de
pedal. Esa máquina mágica de la que salieron nuestros vestidos de
primera comunión, nuestros “hotpants” para ir al “Calvario”
en semana santa y hasta uno que otro vestido largo de 15 años.
Cuando pudimos salir vimos asombrados a
la recién nacida. A ella, la última, le tocó llevar el nombre de
nuestra madre: Rafaela. Un nombre de carácter al que madre e hija
hicieron honor.
Mis padres tuvieron hijos sistemáticamente
cada dos años desde que se casaron y hasta que la naturaleza dijo
basta. En esos tiempos era así. Ella era una mujer fuerte con una salud frágil, nos contaba que
cuando mejor se sentía era cuando estaba embarazada, parece ser que
sus hijos en gestación reacomodaban placenteramente el interior de
su ser.
Mi madre era una mujer muy atractiva, con
un porte altivo y de andar enérgico. Una mujer orgullosa y sabia
que supo, con la ayuda de mi padre y abuela paterna educar a doce
niños en un ambiente que podría considerarse adverso. Nos amó a todos por igual y así nos lo hizo sentir, todos éramos especiales y queridos.
La recuerdo muy alta y en
realidad no lo era tanto, es que así de grandota la veía. Ante
mis ojos era algo así como una súper heroína, todo lo encontraba,
todo lo sabía, todo lo arreglaba. Por ejemplo si perdíamos una
llave ella tomaba el candado con un mano y con la otra se quitaba un
pasador del cabello y en dos movimientos el candado estaba abierto.
Allí donde yo veía un problema insalvable ella lo resolvía en dos pasos.
Se casó siendo muy joven y tenía una
relación cordial con su suegra. Siempre le habló de usted,
sin embargo las recuerdo jugando y en ocasiones esos juegos los terminaban rodando por
la cama o en el suelo, muertas de la risa. ¿Quién puede llevar una
relación así con su suegra?
Cuando mi mamá acudía a la escuela para una
junta o para resolver algún problema, o simplemente iba por nosotros, nos sentíamos henchidos de orgullo y decíamos "¡Mira, esa es mi mamá, vino por mí!
Recuerdo que a veces mi mamá se permitía un pequeño lujo, generalmente cuando estaba embarazada. Se compraba una Pepsi y un
Gansito. Se sentaba en el patio junto al capulín y cuando estaba a
punto de morder el Gansito se veía rodeada de pronto por sus
pequeños hijos. No le pedíamos, era de ella!, pero pues podíamos
mirar un poquito verdad? Entonces con gesto resignado comenzaba a
circular su gansito y su refresco entre todos, algunas veces habrá
alcanzado a dar una mordida y un trago... otras veces no.
A todos nos asignaba tareas según la
edad, hacer camas, lavar trastes, hacer los mandados, cuidar a los
más pequeños o ayudarlos en su tarea escolar, cocinar, etc.
En las tardes podíamos salir a jugar,
era una calle cerrada y era toda nuestra, a veces élla jugaba con
nosotros beis, o toro, o piso, nos enseñaba rondas (¡Amo ato,
matarilerilero...!), otras más se quedaba viéndonos desde la puerta
de la casa, cuidándonos. Cuando comenzaba a caer la noche nos
llamaba a gritos... ¡Carolina, Irene, Pepe., Miguel, etc, (muchos etcéteras)! nosotros por
supuesto no siempre atendíamos a la primera llamada, pero era bajo
nuestro riesgo.
Luego de dos o tres gritos la veíamos
entrar a casa, para salir enseguida con un cinturón en la mano,
entonces sí hacíamos caso. Entrábamos corriendo en fila india,
ella parada en la puerta soltaba uno que otro cinturonazo, los
rápidos y listos la libraban, los lentos y zoquetes llevábamos
doble ración.
Mi madre sí que se ayudó con el
cinturón o con el zapato cuando hizo falta para redondear nuestra
educación. Una nalgada o cinturonazo en el momento justo obraron
maravillas. Actuó siempre con sabiduría y justicia y estoy
agradecida por ello.
Mis padres eran católicos, así
que nos enseñaron a rezar a ese señor que estaba allá en “los
cielos”, que nos cuidaba y que nos escuchaba cuando necesitábamos
de su ayuda. Nos enseñaron a temerlo y que el mal que se hacía se
pagaba. Recuerdo su larga mano enderezando mis deditos para enseñarme
a hacer la señal de la cruz.
La recuerdo también formándonos y
dándonos unas pastillas de hígado de bacalao que sabían horrible,
o calcio, o de plano nos inyectaba vitaminas, según las
instrucciones médicas.
Cuando adolescentes estaba siempre pendiente de nuestros horarios, si alguna hija no llegaba a la hora habitual comenzaba a mirar el reloj constantemente, peor aún si andaba con amigas o con algún novio que no era del todo de su agrado. En un momento dado se ponía un suéter y salía a esperarla a la parada del autobús. Esos momentos no siempre tenían un final feliz.
Crecimos y siempre permanecimos unidos.
Somos de esas raras familias donde los hermanos no pelean, al
contrario, parecemos muéganos de lo pegados que anduvimos siempre y
hasta la fecha. Nos inculcó el amor y el respeto entre nosotros. Nos
enseñó a no decir mentiras, ella no las decía nunca. Una vez le
rogué ser mi cómplice en una mentira blanca, de esas de broma a mis
hermanos y no logré convencerla. En otras ocasiones le decíamos,
“Má, ¿A quién quieres más de todos tus hijos?” Su respuesta
siempre fue... a todos... y no logramos nunca una respuesta
diferente.
Ya en los últimos años y cuando ya
casi todos mis hermanos se habían ido de casa y habían formado sus
propias familias, recuerdo que pasaba a mi recámara a darme las
buenas noches, se sonreía y desde la puerta me decía... “Buenas
noches hija... te quiero un chingo”.
Cuando mi padre murió la ví
derrumbarse. Estuvieron juntos 50 años. Recuerdo que le daban el
pésame y ella decía con lágrimas en los ojos “Perdi a mi
compañero de vida, me ha dejado sola ¿Qué voy a hacer sin él?
Afortunadamente tenía todavía a sus doce hijos y juntos seguimos
adelante.
Fue una excelente abuela, pero no como
las abuelas tradicionales, nunca “peinó” canas, ni siquiera
usaba anteojos, jugaba con sus nietos tan alegremente que algunos ni
la llamaban abuela, le decían “tía” para su beneplácito,
así de joven lucía, así de jovial era. Una vez una sobrinita le dijo a su mamá... “oye mamá, ¿por qué yo no tengo abuelita?”
“Sí tienes mija, es tu abuela Rafa”, “¡No mamá, yo digo una
a-bue-li-ta, de esas de chongo blanco, gordita y anteojos, con
mecedora para que me cargue y me cuente cuentos!” Pues no, mi madre
no fue ese tipo de abuela.
Como madre de hijas adultas fue
fantástica, nos divertíamos mucho. Era una mujer informada, que evolucionó con los años,
que bromeaba fuerte, haciéndonos preguntas personales y picarescas a
veces. Otras veces nos poníamos serias y hablábamos de religión y
cuestionábamos lo aprendido de niños, ella participaba, concedía,
aprendíamos juntos.
Le gustaba cantar y no se hacía mucho del rogar cuando le pedíamos en coro... ¡Canta "Delgadina"! ¡Canta "Volver Volver"! y de adultos seguíamos jugando, le encantaban los juegos de mesa, como el dominó y las cartas, algunas veces vimos el amanecer jugando. Era fan de llenar crucigramas y tuvo su temporada de "Tetrix" era una vaga jugando carreras de coches. Ya desde niños también fue la campeona familiar del trompo, las canicas el yoyo y la matatena.
Le gustaba cantar y no se hacía mucho del rogar cuando le pedíamos en coro... ¡Canta "Delgadina"! ¡Canta "Volver Volver"! y de adultos seguíamos jugando, le encantaban los juegos de mesa, como el dominó y las cartas, algunas veces vimos el amanecer jugando. Era fan de llenar crucigramas y tuvo su temporada de "Tetrix" era una vaga jugando carreras de coches. Ya desde niños también fue la campeona familiar del trompo, las canicas el yoyo y la matatena.
Como suegra fue un sueño hecho realidad, la
adoraban. Jamás se metió en los matrimonios de sus hijos, aunque
ahí estuvo cuando se necesito su consejo y apoyo.
El tiempo es implacable y mi madre
estaba cada vez más enferma, cada vez más frágil y temerosa de los
diagnósticos médicos. Tantas veces visitó hospitales, tantas veces
le pusieron sueros, tanto la “picaron” como ella decía, que al
final estaba muy cansada y asustada. Era enfática en sus deseos “No
quiero que me dialisen, no quiero un marcapasos, no quiero morir en
el hospital”
Tratamos de hacerle la vida lo más
llevadera posible, aunque con oxígeno los últimos tiempos, cada
paso hacia adelante era una pequeña victoria. Sin embargo llegó el momento
en el que entendimos que comenzaba la
cuenta regresiva. Ella marcó ese momento cuando cambió el “no me
quiero morir, me gusta la vida, quiero seguir con mis hijos, ya le
dije a tu papá que ya pronto estaré con él, pero que me espere
otro poquito” al “Ya hablé con el Señor de las Maravillas, le
pedí tiempo pero me dijo que ya es la hora, y es que ya es mucho
dolor, la vida así ya no vale la pena vivirla, es hora de irme”
Se fue hace casi tres años. Murio en
su casa como era su deseo, murió rodeada de sus hijos, nietos,
bisnietos y yernos. Se fue en paz.
Su legado de amor nos enaltece, su corazón bravío late en cada uno de nosotros. Ella nunca se irá del todo.
¡Yo también te quiero un chingo Má!
domingo, 18 de marzo de 2012
Recordando a los que se fueron
![]() |
| Foto cortesía de @maumercatto tomada el 18.03.12 |
Eso de ir a "visitar a nuestros muertos" me parece como poco una monstruosidad. ¿Nos van a invitar a tomar un café? ¿Nos vamos a actualizar de noticias? "Hola ¿Cómo has estado, qué tal te trata el más allá? ¿Esa tumba es cómoda? ¿Pasas frío, calor?".
¿Ellos qué nos preguntarían o dirían? ¡Vaya, hasta que te apareces! ¡Ni creas que con ese ramito de flores me vas a contentar!... ¿Como que has engordado no?
Si, muy absurdo. Lo sé.
También sé bien que los muertos no permanecen en los panteones, que ahí yace un despojo humano. Que el alma (que es lo que vale) se fue a otro lugar o se extinguió el mismo día que murió, según cada quién sus creencias.
Aunque no lo queremos ver, a los muertos en nada les benefician nuestras visitas al panteón ni se enteran de ellas. Por esas mismas razones tampoco se ponen tristes porque no los visitamos ni se alegran de "vernos".
Decía que cada que la presión de la familia es mucha por visitar el panteón, me resigno y voy. Tenemos seres queridos en dos panteones diferentes, hoy toca visitar el Municipal que como bien lo implica su nombre es un panteón del pueblo.
Han de saber que ese panteón se divide en secciones. La primera sección es de los más pudientes, así que hay auténticas construcciones tipo partenón, otras más podrían albergar una familia pequeña, se nota que hubo una feróz competencia entre los poseedores de esas construcciones por tener cada uno la mejor.
Recuerdo bien que en una visita previa vi caminando a dos humildes chiquillas de cinco o seis años, cada una acarreando una cubeta de agua, miraban asombradas los mausoleos de la primera y segunda sección, iba pasando junto a ellas cuando una le dice a la otra: "Mira manita, son las tumbas de los ricos".
Me sonreí y pensé para mis adentros: Estas niñas en su inocencia y esos "ricos" en su soberbia no alcanzan a ver que cuando morimos todos somos iguales.
Cuando hace poco más de dos años llevamos al panteón a mi hermana, nos tocó dejarla en la quinta sección, la última y más humilde, ahí donde sólo se ven cruces a ras del suelo, algunas oxidadas o en muy mal estado, ahí donde no importa que la basura se acumule. El panteón está completamente lleno y no hay de donde escoger. Hubiera querido que se quedara en el otro panteón, donde están mis padres y mi abuela paterna, ese panteón estilo americano donde todas las tumbas por igual tienen sólo una lápida y un florero sobre el verde pasto, pero así estaba decidido.
Como decía al principio no me gusta ir al panteón, no por las razones equivocadas. Sin embargo cuando tengo que ir confieso que lo disfruto. Sí, dije disfrutar. Me gusta ver a la gente caminando con flores hasta la tumba que van a visitar, me gusta ver a las familias en torno a ellas. Me gusta ver cómo las limpian, las adornan. Disfruto verlos conviviendo como familia reunidos con quien ya no está. También me admira verlos guardando un profundo silencio, cada quién sumido en sus recuerdos y pensamientos.
Llegamos hasta la tumba de Luisa mi hermana y hacemos los mismos ritos. Acarreamos agua, limpiamos, adornamos con flores y la traemos a nuestros recuerdos, hablamos entre nosotros de ella o guardamos silencio recordándola. Al final oramos por ella.
Mi reflexión es que ir al panteón no es en beneficio del que se fue sino del que se quedó. El ir a visitarla no es un asunto de etiqueta sino un asunto del alma. Visitarla la mantiene viva entre nosotros, en nuestros recuerdos.
Limpiamos su tumba y con ello limpiamos un poco nuestras conciencias porque ¿Quién no se queda siempre con el sentimiento de: "Pude haber hecho más"?, oramos por ella pero creo que ella no lo necesita. Las oraciones son para nosotros los que nos quedamos, oramos por resignación y redención.
No son tan inútiles las visitas al panteón.
jueves, 5 de enero de 2012
Reyes Magos
Casi no podía respirar de la emoción, el día había llegado. Como cada cinco de enero estábamos mis hermanos y yo listos con nuestras cartas a los Reyes Magos.
Desde días antes nuestro comportamiento cambiaba notablemente, porque con la cantaleta de nuestros padres o mayores de “Los Reyes te están viendo” no osábamos portarnos mal, ni desobedecer, ni reñir entre hermanos.
También con suficiente anticipación habíamos hecho ya nuestras cartas. Pedazo de papel, lápiz mordisqueado, de rodillas apoyándonos en la cama o en el suelo garabateábamos:
Queridos Santos Reyes:
Este año me he portado muy bien, por eso quiero pedirles que por favor me traigan: Una pelota, un juego de té, una muñeca que abra y cierre los ojos y si se puede también que camine. También quiero un triciclo y una batería. Les prometo que el próximo año me portaré todavía mejor. Gracias.
Doblábamos la hojita y la acomodábamos con cuidado dentro de nuestro zapato, luego ayudábamos a los más pequeños a hacer también sus cartas. Poníamos zapatos y cartas bajo el árbol o nacimiento navideño.
Ese era el día más largo de nuestra vida, ya queríamos que anocheciera y sucediera la magia. Recuerdo que con frecuencia y de forma involuntaria emitía un silbido incontrolable que sonaba como “YYYYYYY” que era la más pura expresión de mi emoción mal contenida.
Nos acostábamos temprano y cuchicheábamos, apretábamos los ojos obligándonos a dormir pero no había modo, era demasiada emoción. Mis padres o hermanas mayores hacían rondines supervisando que ya estuviéramos dormidos, los ojos apretados y la mueca tensa nos delataban… “Ya duérmete porque si los Reyes llegan y estás despierta se pasan de largo y no te dejan nada”…. ¡Nooo! Dormir… dormir… dormir… y ahí venían las risas incontrolables, los codazos entre nosotros y entre cuchicheos, regaños y risas por fin lográbamos dormirnos.
Uno a uno, comenzábamos a despertarnos dos o tres horas después… y nos susurrábamos:
“Creo que ya llegaron” “¿Sí?” “¿Los viste?” “Vi una sombra y oí ruido”
Voz de adulto (padre o madre) ¡Niños, duérmanse!
Y otra vez a apretar los ojos, a contener la emoción, para un rato más tarde volver a las andadas.
La casa en la que vivíamos era como un tren, es decir, las habitaciones se sucedían una a una en forma horizontal. Así que desde nuestra habitación (Que era como de hospital pues albergaba varias camas para un montón de niños) para llegar a la sala donde estaban el árbol y nuestros zapatitos esperando por los ansiados regalos teníamos que cruzar por la habitación de nuestros padres.
Nunca faltaba el hermano o la hermana avezada que se atrevía a ir a gatas hasta la sala, cruzando silenciosamente la habitación de mis padres… para regresar y contarnos:
“¡Ya están nuestros regalos ahí! ¡Toqué algunos, se sintió algo redondo, como una pelota, y luego hay una caja grandota, y me pareció que vi tu bici!” Nos contaba susurrando, sofocándose, con todas esas orejas pegadas a sus labios.
Una vez yo fui la designada para hacer una segunda inspección, me bajo de la cama, y gateando me dirijo a la habitación de mis padres, ni siquiera alcanzo la mitad de la misma cuando me dicen “¡Nene!, ¿A dónde vas? ¡A la cama! Y ahí voy de vuelta, con un ritmo más apresurado y muy avergonzada, nunca fui hábil para esos trabajos de campo xD.
Finalmente ya entre cinco y seis de la mañana se nos permitía levantarnos de la cama. Ahí íbamos en tropel a la sala, buscábamos con la mirada nuestro zapato, había regalos por doquier. La magia ante nuestros ojos, regalos traídos por los mismísimos Reyes Magos. Decíamos que el que nos traía a nosotros era Gaspar, que porque era el negrito y era pobre, no sé de donde sacábamos esas historias.
Ahí estaba mi zapato, me acerco y hay una pelota, también una muñeca de plástico rígida. Alguna vez había calcetines, o una bolsa de dulces, muchas veces el juego de té o la batería era un regalo que venía para compartir.
Mirábamos nuestras cosas con fascinación, se las enseñábamos a nuestros hermanos, las tocábamos, las acariciábamos. ¿No era lo que habíamos pedido? ¡Qué importaba! ¡Los Reyes en persona vinieron hasta nuestra casa, identificaron el zapato de cada quien y nos dejaron regalos!
Nunca preguntamos por qué a las vecinitas ruidosas y groseras les traían la bicicleta o las muñecas que hablaban y caminaban. Nunca nos pasó por la cabeza inconformarnos con lo que habíamos recibido. Lo disfrutábamos mientras duraba y ya mayores nos seguimos riendo con esas anécdotas.
Que si Miguel pidió un coche de baterías o tracción y recibió uno sencillo de plástico, y le puso un hilo, y caminaba por delante de él arrastrándolo, hasta que poco después alguien le hizo ver que sólo llevaba el hilo pues el coche se quedó en el camino y lo perdió el mismo día.
O Lili que recibió su muñeca negrita de cartón, y como desde chiquita fue muy hacendosa luego de jugar un par de horas con ella la metió a la tina de agua para bañarla y la negrita se quedó flotando deshecha, con sus ojitos muy abiertos.
Vinieron tiempos mejores y los Reyes Magos parece que se turnaron, y fue el mago rubio y alto (¿Melchor?) quien nos comenzó a visitar y a traernos tal vez no lo que pedíamos porque el imaginario del niño es infinito, pero sí muñecas rubias y bicicletas para compartir.
Creo que los adultos de hoy que como niños creyeron en los Reyes Magos en su más tierna infancia son adultos que creen en la magia. No se sienten engañados o defraudados por el disimulo. ¿Acaso no fueron unos Reyes aquellos que los proveyeron de un juguete o de una ilusión que estuviera al alcance de sus posibilidades, con la pura justificación de su amor?
Hoy haz feliz a un niño. Sé su Rey Mago.
sábado, 31 de diciembre de 2011
Feliz Año 2012
Se termina el 2011 y eso me invita a hacer una reflexión.
Tengo muchas cosas por las que dar gracias.
Doy gracias por todo lo que no me fue dado:
- No padecí ninguna enfermedad este año, ni tuve que visitar un hospital de emergencia.
- No fui víctima del crimen organizado, y en México eso se agradece de rodillas.
- No perdí a ningún ser querido cercano, y también por eso lanzo aleluyas al cielo.
- No perdí mi trabajo, vamos hacia adelante capoteando la marea.
- No perdí la cordura y tampoco la paz que me rodea, esos son bienes que valoro entrañablemente.
Doy gracias por toda la gente que se ha cruzado en mi camino este año, gente hermosa que me ha enseñado el valor de la amistad, que me ha acogido de forma natural en su círculo de amigos, he visto el rostro de la bondad así como el desprendimiento desinteresado.
Doy gracias por mi familia, que siempre está ahí para mí, que me demuestra su amor a cada segundo, nunca dejaré de dar gracias por haber nacido entre ellos. Mi familia es el mejor regalo que la vida me dió.
El 2011 fue un buen año en lo personal, en lo familiar y en lo laboral. Brindo por ello.
Para México, mi país, este fue un año convulsionado. Aunque han habido logros y avances en algunas áreas, la violencia e inseguridad han campeado de tal manera que a nivel nacional e internacional es imposible tener ojos para nada más que el horror por los aproximadamente 60,000 muertos relacionados con la lucha contra el crimen organizado. El 2012 es el año en el cambiaremos de mandatario, tristemente sabemos que votemos por el que votemos no habrá cambios significativos, todos los candidatos son cucharadas del mismo jarabe.
La labor de cada mexicano será hacerle saber al sistema que hemos crecido, que el votante de hoy no es el del 2006, ni el del 2000 ni el de los sexenios atrás. Los mexicanos hemos aprendido que no importa quién gane, porque una vez que están en uso "en plenitud del pinche poder" (cita textual de Fidel Herrera) se vuelven sordos y ciegos a las demandas del pueblo. Hemos aprendido que una vez en el poder se convierten en aquello que juraron combatir. Sabemos que no es suficiente cambiar de banderas políticas porque todas son los mismos, es necesario cambiar el sistema de raíz.
Por último quiero compartir con ustedes algunas ideas de propósitos para tener un buen año en todos los niveles.
- Vamos guardar las tarjetas de crédito y a pagar nuestras deudas.
- No gastemos más de lo que ganamos, la tarjeta se debe pagar en su totalidad cada mes.
- Abramos una cuenta de ahorros, aunque sea con una cantidad mínima, y hagamos el compromiso personal de depositar una cantidad fija de cada sueldo que recibamos y que no sea gravosa para nuestra economía. Esa cuenta no se toca.
- Fijémonos la meta de tener nuestro peso ideal. Con constancia, ejercicio y dieta (comer de todo pero en cantidades pequeñas) lo podemos lograr. No hay que permitirnos subir mucho de peso porque es mucho más fácil bajar dos o tres kilos que diez o quince. Más allá de hacerlo por lucir bien, el peso correcto nos ayudará a mantenernos saludables, si perdemos la salud con ella se van muchos bienes más.
- Hay que superarnos profesionalmente, salgamos de nuestra zona de confort, empeñémonos en ser mejores empleados o empresarios. Hay que quitar la mala cara para ejecutar nuestras funciones, aquellas para las que nos pagan. Recuerden que allá afuera hay muchos que quisieran tener nuestro trabajo, que tal vez están mejor preparados que nosotros y que están dispuestos a recibir un sueldo menor al que percibimos. Hay que tomar cursos que nos ayuden a desempeñarlo mejor (Ventas, excel, ortografía, inglés, servicio a clientes, etc.) En una de esas no sólo conservamos nuestro trabajo sino hasta nos ascienden o aumentan el sueldo.
- No sólo las empresas tienen una visión y misión. Cada uno de nosotros nos debemos preguntar donde queremos estar en uno, dos, cinco años y trabajar en ello. Dejemos de ser cascaritas de nuez montadas en una ola de mar.
- Cuida a tu familia, dales a ellos lo mejor de tí. Me sorprende tanto ver a gente entregarse tanto al amigo, al jefe, al compadre y dejar en segundo plano a su familia. Sonrisas y amabilidades para los de afuera, caras largas y acritud hacia los que nos aman. Comienza ahora a abrazar a los tuyos y a decirles que los amas, acércate a ellos, conoce sus necesidades y ayúdales a cubrirlas. A veces creemos que nuestra madre, padre o hermanos son de goma, no se cansan, no se frustan, no sufren. Comienza a hacerlo hoy, mañana puede ser tarde.
- Vamos a encontrar nuestra equilibrio personal, llámese guía espiritual, Dios, Alá, Gurú, Universo. Aprendamos a mirarnos por dentro, a buscar nuestros cómos y nuestros por qués. Aprendamos a meditar, sincronicemos nuestro interior con nuestro exterior. Algunos oran por la mañana, otros por la noche, unos más simplemente se ponen en contacto con la naturaleza, o miran por la mañana el amanecer. Sin paz interior no es posible encontrar la paz exterior. Las lágrimas, tristeza o dolor nos impiden reir, cantar, abrazar, amar.
Les agradezco mucho su solidaridad, asomarse por este blog que cada día está más abandonado. Incluiré en mis propósitos ser más constante en mi humilde escritura. Ojalá siga contando con ustedes.
Un abrazo y que el año que entra venga colmado de bendiciones para todos.
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