sábado, 20 de octubre de 2018

Inmigrantes

¿Cómo opinar?

¿Quién no es inmigrante?

alce la mano.

¿Qué no todos somos iguales?

¿Qué no todos tenemos los mismos derechos... humanos?

 No conozco de leyes, pero conozco de sentido común.

Ese sentido común me lleva a ponerme en los zapatos de un inmigrante.

Quiero un pedazo de tierra. Digno, habitable... ¡Hey... soy humano! ¡Qué te importa cómo se llama dónde nací!

Quiero lo que tienes tú... ¿Por qué no?

¡Arguméntame!

No mires mis ojos, si están rasgados o no. No mires el color de mi piel. No mires las marcas de mi desnutrición.

Dos manos, dos ojos, dos pies, una cabeza, un cerebro, a que somos iguales...

Aspiro a lo que tú tienes. Me gusta tu vida. La quiero... ¿puedo?

¿Sí? ¿No? ¿Por qué no?

!Arguméntame!

miércoles, 12 de abril de 2017

Lili

¡Compren una estufa de gas y prometo que yo siempre cocinaré para ustedes!

Estas fueron las palabras de una niña de 6 o 7 años, y hoy más de cincuenta años después sigue cumpliendo esa promesa.

Cuando dijo esas palabras en su tierna infancia, no las aderezó  con “y los cuidaré, y los procuraré, y los escucharé, y los amaré y…” porque ni ella sabía en ese momento que el rio caudaloso de su bondad incluía ese gran paquete.

Lili da todo el tiempo, Lili da siempre, Lili no se cansa… pero se cansa, y se sienta a media noche en la cama porque no aguanta la espalda. ¿Te duele? “No, no, sólo que así descanso mejor”

Esa es Lili, la hija, la hermana, la tía, la incondicional. Que hizo a un lado la realización de sus sueños porque se echó a cuestas con alegría el cuidar de los suyos.

La hija que cuidó a sus padres hasta que se fueron, y que hizo de esa entrega un apostolado.

La  hermana que ha sido oídos, ojos, manos y piernas para todos nosotros.

La tía que sufre como la madre más sufrida y que se alegra como la madre más feliz a través de sus sobrinos.

Lili, la mujer que sueña con los ojos abiertos, de alma pura y enorme corazón.

Lili, la que anoche de madrugada entró de puntitas a mi recámara para echarme una cobija extra, porque hacía frío.

Te doy las gracias por toda una vida de amor sin límite. Te doy gracias por quererme de tal manera que no encuentro palabras para agradecértelo.  Gracias porque a través de tu existencia sé que lo maravilloso existe. Eres maravillosa.

Muy feliz cumpleaños querida hermana, que Dios siga bendiciendo tu vida. Te amo.



martes, 1 de noviembre de 2016

Anécdota en Roma

El año que fui a Roma no lo olvidaré nunca, por su gente, su comida y, principalmente, por la increíble historia y arquitectura de la Ciudad.

Visitar el Vaticano era un sueño dorado que se convertía en realidad. En esta ocasión no relataré mis impresiones en el lugar, que fueron muchas y muy sentidas.

Saliendo de la Plaza de San Pedro me encaminé a los Museos del Vaticano, ansiosa por ver particularmente La Capilla Sixtina.

Hay que recorrer algunas calles que a nuestra izquierda tienen un gran muro, como si nos encamináramos a la espalda de la plaza. Es una calle muy concurrida, con turistas de muchas nacionalidades y también muchos mendigos que eran todos iguales: Mujeres con aspecto de gitanas, con un “niño” enredado en rebozos y ropa en su regazo y pidiendo limosna con vehemencia.

Estábamos a finales de enero, hacía mucho frio. Yo llevaba una gruesa chamarra. Ese día siguiendo los consejos de muchos que me advirtieron que había muchos carteristas en la zona, me había guardado la cartera con tarjetas y dinero en una bolsa delantera, a la altura de mi pecho. Esa bolsa albergaba con amplitud mi cartera, además tenía una pequeña solapa con velcro.

Caminaba entre la muchedumbre cuando una de estas mujeres mendigantes se me acercó, y extendiéndome la mano dijo: “¡Prego signora! ¡Prego!”

Yo moví la cabeza diciéndole con la señal universal que indica “No” y continué avanzando, ella siguió caminando al lado mío pegándose cada vez más y diciendo más alto: “¡Prego! ¡mío figlio, mangiare!” que yo traducía como “¡ Por favor, mi hijito tiene hambre, comida”! yo seguía caminando más de prisa, y ya diciéndole “¡No, no!” “¡Déjame!” y finalmente se alejó.

Yo pensaba “Qué bárbara, cómo se me pegó, casi me ti…” y me llevo la mano al pecho, ¡ya no tenía la cartera! Me giro en redondo horrorizada, pensando cómo la voy a identificar entre tantas mujeres iguales y tanta gente, el pensar que me había robado todo mi dinero, mis tarjetas de crédito y hasta la tarjeta de crédito de la empresa me hacía sudar.

Siempre he creído que estás situaciones sacan lo mejor (¿o peor?) de mí, porque la identifiqué inmediatamente, caminé o corrí hacia ella y tomándola de un brazo le dije “¡Dame mi cartera!” No sé si le hablé en español, en inglés o hasta en italiano (idioma que desconozco por completo). Ella se jalonaba y decía “¡no tengo nada, no tengo nada!”, no sé si me lo decía en español, en inglés o en italiano (que ya saben que no hablo el idioma) pero le entendía clarito. 

Comencé a halar con más fuerza de su brazo, no la pensaba dejar ir, y le seguía diciendo que me diera mi cartera, que ahí llevaba hasta mi pasaporte, cosa que no era cierta, ¡pero algo dentro de mí me decía que usara todos los recursos!

Con una mano la sostenía para que no se me fuera y con la otra comencé a remover su ropa, teniendo cuidado de no lastimar al “niño”, a su “son”, a su “figlio” (ese día aprendí algunas palabras en italiano), pero entre más ropa removía, me daba cuenta que no había tal bebé, que era sólo un manojo de prendas dispuestas para simular un crío. La mujer ya estaba descompuesta, se daba cuenta que no me iba a detener.

De entre el río de gente que caminaba a nuestro alrededor, que miraba con curiosidad, pero no se detenían; una pareja de suecos, - eran rubios platinados, blancos, muy blancos y les di esa nacionalidad -, me dijeron “Ya la tiró”. (Ellos sí seguro me hablaron en inglés), bajé la vista al suelo y ahí estaba mi amada cartera junto a los pies de la mujer. La recojo de inmediato, suelto a la mujer que se escabulle de inmediato y le doy las gracias a mis ángeles, pero ya se han alejado también.


Por cierto, en los Museos del Vaticano hay mucho que ver además de la Capilla Sixtina, de la cual salí con tortícolis pero feliz.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Dulces 69




Sofía...

La más grande de doce hermanos.

La de la sonrisa más grande,más hermosa y misteriosa que la de la propia Gioconda.

La que se casa cuando yo soy todavía tan pequeña, que levanto la cola de su vestido en su marcha hacia el altar.

La que ya casada, disfruta de una casa "grande" donde todos sus hermanos pequeños, y algunos no tanto, discurríamos argumentos y pretextos para ir a visitarla.

La de grande corazón, que se preocupa por todos, que ayuda a todos, que sufre por todos.

La de las lágrimas grandes, que brotan como fuente directo de su alma cuando ésta siente dolor, tristeza, impotencia o alegría.

La de la humildad infinita, que siempre se pone por detrás de los demás, no permitiéndose brillar.

La de la mano generosa que da, y da, y da.

La mujer niña, la niña mujer, que juega y bromea con una inocencia que le brota por todos los poros. La de boca hermosa e impecable que no se permite decir palabrotas, insultar o denostar.

La mujer que nos da lecciones a todos la que la rodeamos, y que cuando le decimos hasta luego nos alejamos siendo un poco más bondadosos, más humildes,  mejores personas, un poco Chofi.

Muchas felicidades hermana, te amamos, así en plural, porque mi voz es la voz de todos los que te rodeamos y amamos.


sábado, 24 de octubre de 2015

Luisa, a seis años.



Mi hermana Luisa murió hace seis años. La vida siguió.

A partir de entonces las nueve que quedamos nos volvimos más unidas aún. Nos inventamos escapadas que nombramos "Convención de las hermanas Benítez" que por cierto muchos lo interpretan como un "retiro espiritual" cuando en realidad es "chorcha" entre hermanas, donde hay un itinerario y una única regla: "Este es el plan pero eres libre de hacer lo que se te pegue la gana", y es que se trata de hacer aquello que el ajetreo de la vida diaria no nos permite hacer: a veces es dormir tanto como queramos, hacer caminatas largas solas o en compañía, rodar por el pasto, pegar de gritos en la ducha helada al lado de la piscina, Etc.

Comemos a placer, nos tomamos las copas que queramos aunque sin excesos, hablamos de nuestra historia, de nuestros proyectos, de nuestros miedos y anhelos entre muchas cosas más. Este año la hicimos en septiembre y fue un éxito. La próxima "Convención" planeamos hacerla cerca del mar.

Hace un par de días que conmemoramos los seis años de la partida de mi hermana Luisa, nos reunimos para rezar en su memoria. La recordamos y convivimos con su esposo, sus hijos, su nuera y con la pequeña Luisita que ella ya no conoció.

Ese día desde primera hora mis hermanas se desbordaron recordándola, rememorando anécdotas, lamentando su pronta partida y coincidiendo todas al decir: Ojalá hubiéramos compartido más, ojalá no se hubiera ido tan pronto, debí haber hecho más, debí haber intuido que el fin estaba cerca. Debí... debí...

Confieso que me sentí sorprendida por su dolor tan vivo, por su sentimiento de culpabilidad compartido, por el flagelo de sus palabras y su profunda tristeza. Me alarmó su pena. Hablamos y entendimos que ese dolor ahí estancado no contribuye a nada positivo, nada construye y sólo nos mina.

Lamentarse por el ayer es en vano y nada soluciona, pero tenemos el hoy para gozarnos como familia, para abrazarnos y para estar atentos a las necesidades del otro. Que la experiencia arroje buenos frutos para no tener que lamentarnos mañana de lo que no hicimos hoy.

Hay que perdonar, pedir perdón y perdonarnos a nosotros mismos para continuar con nuestra vida sin cargas pesadas que nos confunden y nublan el camino a seguir.

Ese día nos reiteramos nuestro amor en homenaje a Luisa. Ese día nos pusimos unas a disposición de las otras para lo que necesitaran. El amor, los abrazos, los elogios y las flores lo tenemos que prodigar hoy y ahora. Mañana pueden no servir de nada.

Siempre que pienso en ti, Luisa, mis pensamientos son de luz y alegría. Gracias por la enseñanza de vida que nos dejaste. Estamos en paz.

El amor que está bien enraizado jamás se acabará,






domingo, 2 de noviembre de 2014

Las Ofrendas

Como mis padres eran de Jonacatepec, un bellísimo pueblo de Morelos, observaban las tradiciones muy puntualmente; así que tenían costumbre de poner la ofrenda de muertos sin falta, porque creían firmemente que sus seres queridos muertos venían en esas fechas a visitar la casa y a degustar sus alimentos preferidos.

Cada año esta celebración la guardaban muy estrictamente. El “día de los niños”, el “día de los matados”, etc. y si tenían un ser querido que hubiera muerto en esa circunstancia (siendo niño o habiendo sido “matado”) ese día ponían flores, veladoras y vasos de agua; hasta que llegábamos al 1 de noviembre, el “Día de Muertos” o “Todos los Santos”. Ese día antes de las doce del día el Altar de Muertos o mejor conocido como “Ofrenda” debía estar puesto y no se quitaba ni tocaba nada sino hasta el 2 de noviembre dia de "Los Fieles difuntos" después de las doce del día.

Como éramos una familia numerosa teníamos una mesa con capacidad para albergar a doce comensales o más, y esa mesa la pegaban a la pared y la llenaban como ahora les voy a contar:

Mandaban a hacer pan de muerto, o sea “hojaldras” y también otro pan salado que tenia forma de un yoyo aplastado. De hojaldras hacían dos canastos y de pan de sal uno.

Compraban mucha fruta como cañas, manzanas, naranjas, plátanos, guayabas, jicamas, etc. Mi papá daba hasta dos vueltas al centro para volver con costales de estas frutas.

Ponían mucha flor de muerto mejor conocida como “Cempasúchil” y también otra flor guinda llamada “Terciopelo”. También otras flores llamadas “Nube”.

Por ultimo agregaban diferentes guisos que era tradición poner y además aquellos que les gustaron a sus difuntos particularmente. En casa siempre ponían Pipian Verde, Tamales de Ceniza para acompañar el pipian, Mole Poblano, Arroz con Leche, Dulce de Tejocote y Guayaba, Pepitoria, Ponteduro (dulce de maíz y piloncillo), Calabaza en Tacha, Camotes, Chayotes hervidos y muchas cosas más que escapan a mi memoria.

Estos platos y postres requerían de mucha preparación y la noche del 31 de octubre no dormían ni mi mama ni mi abuelita porque toda la noche se la pasaban cocinando. Nosotros los niños complementábamos la escena estorbando y haciendomil preguntas.

Mi abuela, que nació en 1900, nos contaba historias mientras molía en el metate y moldeaba entre sus manos el triángulo que conformaba el “Ponteduro”:

“Había un señor que no creía en estas celebraciones, ni que los muertos volvían a sus casas y probaban la ofrenda que sus seres queridos les habían puesto, así que cuando su esposa quiso poner la ofrenda el 1 de noviembre para su suegra que había muerto ese año, el señor se negó rotundamente, diciéndole que se dejara de tonterías, que eso no era cierto y que no le daba permiso de ponerla. La señora insistió mucho, le dijo que aunque sea le pusieran un vaso de agua y una veladora, el señor dijo que no y que era su última palabra. Antes de irse al campo a trabajar puso un ocote sobra la mesa y le gritó a su esposa “¡Ahí está la ofrenda!” y se fue.

Las señoras de ese tiempo eran muy obedientes así que no puso nada, dejó el ocote sobre la mesa y siguió aseando la casa murmurando oraciones por el alma de su suegra.

El señor ese día se ensimismó tanto en el trabajo y estaba tan enojado por las necedades de su mujer que no se dio cuenta que le cayó la noche. Cuando quiso volver a su casa estaba todo tan negro que se perdió en el camino. De pronto vio una hilera de luces que venían en dirección a él y se asustó, se quedó pegadito al tronco de un árbol sin moverse. Cuando la procesión se acercó desfilaron ante él ánimas cargando sus veladoras, guisos, frutas, flores, iban susurrando un canto celestial y festivo. Muy atrás venía una ánima silenciosa, sin luz que la alumbrara, cuando pasó al lado suyo ésta volvió la cabeza hacia él, mostrándole el ocote que llevaba en la mano. El señor echó  a correr asustadísimo y no paró hasta que llegó a su casa, le pidió perdón a su mujer, no le contó lo que le pasó pero a partir del siguiente año siempre hubo una ofrenda en su casa”.

Entre historias de este tipo íbamos viendo cómo iban quedando los platos listos, los iban poniendo en la mesa, a la que agregaban como toque final algún licor y cigarros de la preferencia de los muertos homenajeados.

Nosotros los niños mirábamos con fascinación la ofrenda. Encendían el copal y el incienso y hacían un caminito con hojitas de cempasúchil desde la mesa de la ofrenda hasta la puerta de entrada a la casa para que “encontraran” el camino. Apagaban las luces y la única luz era la de las veladoras encendidas, el humo del incienso y los olores mezclados de todas esas viandas hacían un olor único que recuerdo perfecto mientras escribo esto. Nuestras enormes ganas de probar la ofrenda nos las aguantábamos. No podíamos tocar nada y no lo hacíamos porque creíamos firmemente en la amenaza de: ¡Si se comen algo de la ofrenda vendrán los muertos a “jalarles las patas”!.

Había que esperar a que amaneciera y dieran las doce del día para poder levantar la ofrenda y ahora sí, ¡Comíamos de todo hasta que nos dolía la “panza”!

Los que inculcaron en nosotros esas tradiciones ya no están, hoy son ellos los homenajeados. De ninguna manera ponemos una ofrenda de ese tipo, pero tampoco ponemos un ocote ¿eh?, veladoras, flores, agua, pan y fruta seguro que lo encuentran. Tampoco esperamos a que se levante la ofrenda para probar el pan hasta que se ha puesto duro. Le damos sus pellizcadas antes y sabemos que no habrá jalada de patas, sino una sonrisa amorosa de comprensión desde el cielo.

sábado, 11 de octubre de 2014

No somos animales

 Los aparatos para hacer ejercicio en los parques que puso el municipio de la ciudad de Puebla han sido muy bien aprovechados. Por lo menos el que está a unas calles de mi casa. Muchas veces no encuentro sitio, cuando así sucede me sigo de frente y hago una larga caminata. Hace unos días me sentí feliz de que mi aparato preferido estuviera libre, me subo en él y comienzo a pedalear.
De mis audífonos –No sé si sea una maldición particular o a ustedes también les suceda – sólo uno funciona, así que el otro de plano lo quito de mi oreja.

El señor de la derecha, un hombre de alrededor de 60 años, en realidad no hacía ejercicio, le hacía conversación a la señora que tenía a su derecha. Mi oído libre de la derecha no pudo tapar su conversación aun cuando tenía el volumen alto del lado izquierdo.

-          Éramos tan pobres que no teníamos para comer, y todavía mi madre recogió a una huérfana que vivía en la calle. Mi madre iba a la pollería y pedía “tripas para su gato”, como había visto hacerlo a una señora ricachona. Con las tripas daba consistencia a un caldo de nada para alimentarnos a todos.  – Contaba él.

-          Qué buena era su mamá, seguro Dios la recompensó – Dice la señora, que sí está haciendo ejercicio en un aparato que balancea tus piernas tanto como puedas separarlas.
  
-          No, qué bah, le pegaba como si fuera un costal de papas – Dice él, con un tono muy sombrío.

-          ¿Su madre le pegaba a la huérfana? Pregunta la señora deteniendo un poco su balanceo.


-          No, no. Mi padre – Dice él con voz ahogada

-          ¿Su padre le pegaba a la huérfana? Dice la señora deteniéndose completamente.


-          No, mi padre le pegaba a mi mamá. Todos los días, siempre – Su voz de alguna forma se ha convertido en la voz de un niño.

La señora se queda muda. No sabe qué agregar. El no necesita incentivo, tiene que sacarlo todo.

-          Le pegaba a mi mamá sólo por placer, para ejercer su estatus de macho. Le pegaba como a un perro. Cuando yo tenía como 25 años ya no lo soporté. Un día que iba a comenzar a pegarle le dije. ¿Por qué le vas a pegar? Y me contesto: “Porque hoy tengo ganas de partirle su madre”

-          "¿Por qué? ¿Qué te ha hecho?"

-          “No me ha hecho nada, me dijo. Simplemente tengo ganas de darle de chingadazos, ¿cuál es tu pedo?”

-          Me puse entre mi madre y él, y le dije: "No le vas a pegar, no somos animales, ella no te hizo nada, no tienes por qué pegarle."

-          Supongo que mi tamaño lo intimidó, me mentó la madre hasta que se cansó pero no la tocó. Tiempo después se largó de la casa, hizo otra familia, tuvo otros hijos.

Se queda callado un momento, sumido en sus recuerdos y en su tristeza y añade:

-          No entiendo por qué le pegaba, ella no le hacía nada.

-          Pobre de su mamacita, ojalá que Dios la haya compensado y esté disfrutando la vida sin ese mal hombre – Acierta a decir la señora, muy conmovida.

         No crea, está muy enferma, la cuidan mis hermanas, a mí me va mal, no tengo trabajo. Dice él como hablando consigo mismo.

-          ¿Pues a qué se dedica usted señor? – Pregunta la señora haciendo movimientos lentos.

-          A la mecánica automotriz, pero casi no hay trabajo, me sostengo a duras penas - dice el señor con los hombros sumidos.

-          Continúa pensando en su fantasma y agrega: “Mi papá ya se murió. Solo, tuerto y cojo por la diabetes, dicen quienes vieron por él que era un hombre muy amable que pedía todo por favor. Ya no era el maldito que yo conocí."

-          Bueno señor, ojalá que pronto las cosas mejoren, lo dejo porque ya viene la lluvia. Dice la señora bajándose del aparato de piernas y glúteos (así es como bauticé a ese aparato)
  
-          Gracias señora - dice el hombre con voz gruesa. Ha recuperado su voz y el aliento.
   
       La señora se va, él se levanta, recorre los diferentes aparatos, hace que hace ejercicio, mete las manos en los bolsillos de su sudadera y se aleja, el peso que lleva lo encorva y lo hace parecer pequeño.
   
   Sigo pedaleando. Me pierdo en la voz de Bob Marley. No quiero pensar, no quiero mentarle la madre a un muerto.